Hoy tengo ganas de ti. Lo supe desde el preciso momento en que he abierto los ojos esta mañana y he respirado el ambiente que envolvía tu habitación. Daba igual a lo que oliera, porque olía a ti. Las sábanas, mi piel, mi boca, tenían tu aroma.
El paso de las horas han logrado que me de cuenta de que tus caricias cada vez que no están suponen que no quiera despertar, y es que me he acostumbrado a que me beses y me mires en cada amanecer, viendo después tu cara de felicidad y ternura. Me he acostumbrado a tus brazos rodeándome, al calor que me proporcionas. A la ternura con la que secas mis lágrimas y a tus besos en la punta de la nariz. Que me he acostumbrado a que te rías de mi inocencia, trates de hacerme enfadar y que te encante lograrlo.
Que soy una persona que, al fin y al cabo, se acostumbra a las cosas buenas de la vida. Pero... tengo miedo, y esa es otra costumbre, que no está en mi lista de cosas buenas. Miedo a que no evolucionemos, a que nos estanquemos y un día todo haya desaparecido. Porque tú eres capaz de lo mejor y de lo peor, y en mi vida, de lo mejor y de lo peor. Quizás esto ultimo no lo llegues a entender, aunque realmente lo que intento decirte, lo que intento decirle a todo el mundo, lo que me gustaría gritar a los cuatro vientos, es que estoy completamente enamorada de ti y que tu ausencia en la cama, entre mis brazos, en mis trasnochares, en mi vida... no la quiero, ni la querré JAMÁS.


No hay comentarios:
Publicar un comentario